Sudamos lo nuestro, pero nuestra creación obtuvo un gran éxito de crítica y público: la bruja Piruja salió en la tele local y los titiriteros fueron entrevistados por una emisora de radio.
Sólo salió perdiendo la pobre locutora que, después de pedir un hechizo, fue convertida en sapo. Ella, que quería ser princesa como Letizia y aún estará dando saltos en algún charco. Y es que pueden pasarle cosas peores a una periodista novata que acabar de reportero en Está Pasando.
Que HC ya no me inspira es un hecho. Y es que no hace falta más que que nos den lo que pedimos para que perdamos el interés por conseguirlo. Después de dos años despotricando por lo doméstico y por lo virtual para que largaran a Aimé I el Triste, al psicólogo-trabajador social y su insufrible novia buenrollista, y para que mi pediatra se liberara del penoso yugo conyugal de la enfermera Potato, cuando por fin los guionistas me sirven todo esto junto, en bandeja de plata y en una misma temporada, resulta que yo me siento delante de la tele, pongo cara de ajo y digo: "Pos vaya". Tanto penar para esto, oiga. Del culebrón hospitalario, que con todas sus salidas de patas de banco nos hacía reír lo nuestro, hemos pasado a que la Esthercolero (que por cierto, se ha recuperado fatal del parto, la pobre, elevando a la categoría de axioma el dicho popular de que a perro flaco todo se le vuelven pulgas) nos pida el divorcio para que a Pedrito le den más puntos para ingresar en el colegio bilingüe. Un horror.
Y en éstas había llegado ya yo a la impepinable conclusión de que para mi Maca la única mujer que me gusta soy yo misma, que reúno varias de las cualidades de la Psiquiatra de Benny Hill pero cubriendo más registros interpretativos, que tengo el glamour de Fernando el abandonado y, para más inri, más paciencia que un santo, y de la Potato... mejor no me obliguéis a decir qué tengo de la Potato. En fin, que ya me veía yo compartiendo dormitorio y sábanas de marca con la Wilson (con permiso de mi legítima que me da libertad para esto de las ensoñaciones) cuando una visitante de Mitadecamino me apareció con este regalazo que ocupa un lugar de honor en mi mesilla de noche:
Y para los que crean que soy una persona fácilmente impresionable, he de decirles que rotundamente no. Pasados seis días de su llegada ya casi he conseguido acostumbrarme a la presencia de la Vico en mi dormitorio, ya casi no me dan palpitaciones cuando leo mis nombres (el real, que aparece convenientemente tapado en la foto por lo que podría parecer una mancha de lejía en la bata, y el virtual) de puño y letra de la Vico, que para más insidia me manda "besos muchos", que sólo le falta la boquilla y la neglillé para que se me venga a la cabeza la Gold Star de Campo de Criptana. Y a tal extremo de contención y autodominio llego, que en cuanto la pongo de cara a la pared mientras susurro un "qué fuerte", consigo conciliar el sueño.
Para alguien que experimenta en sus carnes la desconcertante experiencia de cómo la realidad puede mezclarse con la ficción, no me negarán que es una reacción bastante plausible.
Ahora que la UNESCO está a punto de retirarle a las Tablas de Daimiel la catalogación de Reserva Natural, nos sigue quedando una especie migratoria que no se ve afectada por la sobreexplotación del río Guadiana: se trata del gilipollas de verano, un pájaro de cuidao, mucho más resistente a los vaivenes climáticos que la grulla e infinitamente más incívica que la paloma cagadora.
El patrón de conducta de dicha especie, así como su morfología, es tan regular y homogéneo que cualquier observador no versado podría caer en el error de pensar que se trata de un sólo individuo. Sin embargo un estudio prolongado a lo largo de varios años nos revelará que se trata de toda una categoría animal cuyos individuos van pasándose el testigo de generación en generación.
El gilipollas de verano pasa los meses fríos refugiado en el hogar familiar, donde reparte su periodo de hibernación entre los juegos de consola de contenido violento y las sesiones de autosugestión vía playboy en el cuarto de baño. Decimos esto para hacer notar al lector que el gilipollas de verano no deja de ser gilipollas el resto de año, sino que, simplemente, durante el invierno es un gilipollas que su familia sufre en silencio y en la intimidad. Con la llegada de los primeros calores, cuando la temperatura nocturna empieza a superar los 20 grados y, especialmente, una vez han comenzado las vacaciones escolares, el gilipollas de verano sale de su letargo y ocupa parques y plazoletas, gozando de su especial preferencia áquellas que estén más cercanas a edificios de viviendas. Da comienzo así la etapa de "respiro familiar" de sus congéneres, pero comienza la tortura para aquellos que nada tuvieron que ver en traerlo al mundo. Este hecho se resume en la frase por todos oída y pronunciada que tan acertadamente acuñó nuestro acerbo popular: "¡Qué tranquila se habrá quedao su madre!"
El gilipollas de verano es un animal gregario, reuniéndose habitualmente en grupos de 2 a 4 individuos. Además de emitir graznidos con compás (al ritmo de Camela o Estopa, preferentemente), esta especie tiene una especial habilidad para la percusión, ya sea palmeando o golpeando mobiliario urbano. Se alimenta fundamentalmente de pipas y litronas, aunque antes de salir de casa sus madres les suelen preparar huevos con salchichas y un petitsuisse para el crecimiento.
En tiempos pretéritos, el gilipollas de verano abandonaba sus incursiones nocturnas hacia mediados de agosto, pero, actualmente, tras la abolición de los éxámenes de septiembre, consigue extender sus fechorías hasta bien entrado el otoño. Con un poco de fortuna, y si el tiempo lo permite, el sufrido vecino circundante podrá comenzar a dormir con la ventana cerrada a partir de octubre. Entre tanto, le esperan tres meses de condena al insomnio y las ojeras mañaneras.
Pero este año, ya podrá bajar del cielo San Francisco de Asís en carne mortal para convencerme de que todos los animalitos son criaturas de Dios, y hasta podrán movilizarse los de Greenpeace y atarse a mi balcón para impedírmelo, que me hago con un rifle de mira teléscopica. Por Forges y Javier Marías lo juro.
Ayer, dos años después del que pudo ser el último, volví a un concierto de Luz Casal. Cuando se publicó Vida tóxica, su batería, Tino di Geraldo, se refirió a él como un disco catártico. Y precisamente eso, la celebración del retorno y la catarsis, es lo que podría resumir el concierto de ayer.
Hasta la elección del repertorio reflejaba esas ganas de conjurar sombras y soledades, de celebrar todo aquello que nos ayuda a levantarnos tras la derrota. Un lugar común en la discografía de Luz que ahora, también para ella, parecía adquirir otro sentido. "¿Lleváis toda la vida oyendome cantar esto, ¿verdad? Pues, ahora, sé lo que os canto mejor que nunca." parecía decirnos mientras cantaba, como si no lo hubiera hecho nunca antes, himnos como A cada paso, Sentir o Un nuevo día brillará. Lloró al cantar Besaré el suelo, para acabar recibiendo los aplausos recogida en cuclillas sobre el escenario:
Tras una primera parte más íntima, en la que repasó temas melódicos de discos anteriores y buena parte del último, llegó la Luz rockera. Y si Luz es capaz de levantar los ánimos con baladas y blusas de seda, cuando se enfunda los pantalones de cuero puede resultar más macarra y subversiva que el Cojo Manteca.
La primera vez que ví a Luz Casal en directo tenía 11 once años. Mi insistencia logró doblegar los ánimos de mi padre, que entre resignado y sorprendido, consintió en llevarme. Me imagino que el hombre se sentiría tan fuera de sitio en medio de aquel descampado con una niña pequeña de la mano como un torero en la Plaza Roja. La experiencia fue breve, porque poco después de empezar el concierto hubimos de salir escopetados al ver cómo el respetable se entregaba al lanzamiento de litrona al ritmo de Rufino.
De aquella Luz macarra quedan el orgullo de haberlo sido, la complicidad de quien se sabe superviviente, las ganas de divertirse y el humor para sacarnos la lengua y levantar el pulgar al ver como aún damos saltos de emoción en el asiento ante la idea de ir con Rufino a comer langostinos, o para ponerse una peluca negra, como su melena antes de la quimio, y girar la cabeza en éxtasis rockero cantando Loca.
Un concierto, en fin, magnífico. Una Luz mejor que nunca: ha ganado aún más presencia en el escenario, está aún más guapa, transmite más con la voz y con el cuerpo, es más generosa y más transparente.
Me hubiera quedado toda la vida en ese teatro. En primera fila, escuchándola. Hoy todavía, me he pasado la mañana canturreando, convencida de que todo es posible.
Píldoras de optimismo y de ganas de vivir, eso me da la música de Luz Casal.Poca cosa, casi ná.